¿Sabías que la controversia entre industria y cultura se inició hace décadas con una historia de amor y desamor que hasta ahora persiste?
Así fue. La industrialización de las artes, para algunos, significó un sometimiento de la creación artística al gusto de las masas, mientras que otros la percibieron como una mayor democratización y diversificación de estas actividades.
Entre ambos espectros, se produce una gran discusión, más emocional que racional. Aquí exploramos la formación de esas percepciones.
Industria y cultura, su primera tensión
Si bien las obras escénicas, visuales, musicales y literarias fueron expresiones artísticas estimuladas, en mayor medida, por el deseo creativo de sus autores, aparecieron otras motivaciones durante la primera mitad del siglo pasado.
Con la Revolución Industrial, estos productos artísticos se reprodujeron en serie y así nacieron las industrias culturales: la fonográfica, la audiovisual y la editorial (Instituto de Estadística de la Unesco, 2014).
El término de “industria cultural” se popularizó con la obra de Theodore Adorno y Max Horkheirmer, Dialectic of Enlightment, publicada en 1947. Para estos autores, si bien la cultura constituía un medio de crítica social para reflexionar sobre nuevas formas de ver la vida, su industrialización resta valor a este propósito, ya que la somete al gusto de la mayoría. Bajo esta mirada, la industria tergiversó la naturaleza de la cultura (Hesmondhalgh, 2015).
Más allá, estos pensadores consideraron que las industrias culturales eran un instrumento de la manipulación social. Es decir, no existían para mostrar a las audiencias diversos tipos de sociedades, sino para hacer que acepten la única que tienen. Así, moldear una sociedad donde la homogeneidad destruye la diversidad que, en última instancia, es el estado natural de la cultura (Bell & Oakley, 2015).
Industria y cultura: una segunda oportunidad
Durante las dos décadas que transcurrieron luego de la publicación de Adorno y Horkheimer, los sociólogos profundizaron acerca de esta discusión en la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en París. Entonces, apareció una segunda oportunidad para esta relación de (des)amor.
Ello comenzó con la migración del nombre “industria cultural”, en singular, al plural y con las primeras letras capitales “Industrias Culturales”, dado la creciente fascinación por las nuevas formas de producción audiovisual, editorial y musical cada vez más especializadas (Hesmondhalgh, 2015).
David Bell y Kate Oakley (2015) reflexionaron sobre el rol de la cultura en las modernas sociedades capitalistas. Evaluaron si este rol va más allá de la pura generación de beneficios económicos y, de ser así, si pudiera incluso ser sujeto de políticas públicas.
Al respecto, sostuvieron que hasta 1970 las políticas públicas en esta materia sirvieron, sobre todo, para proteger a Europa de la dominancia masiva de la cultura estadounidense.
Situación de la industria y cultura: es complicada
Recién a partir de los setenta se inició, primero en el plano urbano local mayormente de izquierda, un apoyo estatal a los movimientos de arte que se distancien de la alta cultura en favor de aquellos con una conciencia política más activa, dirigidos por lo general a las nuevas causas sociales: ambientalista, feminista, homosexual y de minoría étnica.
La situación amorosa entre industria y cultura se complicó, ya que el interés de la política pública migró de una concepción de alta cultura a una relacionada con una cultura popular de tendencias más alternativas, tales como las publicaciones radicales, películas independientes o música subterránea.
Al hacerlo, David Bell y Kate Oakley (2015) consideraron que la industrialización de la cultura se convirtió en un proceso más complejo que el pronosticado por Adorno y Horkheimer. Los productores culturales no se convirtieron en máquinas para la manipulación social, sino desarrollaron una posición propia respecto a las ideas y políticas que deseaban promover. Incluso contrarias a los dueños de las empresas que les pagaban sus sueldos.
En este contexto, el desarrollo de políticas públicas enfocadas en la promoción de una diversidad mayor de expresiones culturales (que incluya, pero no se limite a las de alta cultura) tendieron a defender a la cultura dentro del mercado, más que a defenderla del mercado, tal como lo planteaba Adorno y Horkheimer (Instituto de Estadísticas de la Unesco, 2014).
Una nueva faceta entre industria y cultura
Gracias a la era digital, la creatividad como movilizador de las artes y las industrias culturales amplió su alcance para ingresar a una nueva faceta. El diseño, la publicidad, los videojuegos, entre otras actividades, conformaron lo que se conoce como Industrias Creativas (Buitrago & Duque, 2013).
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Friedman y Jones (2011) incluso sustentaron la adición de la industria de la belleza y de la gastronomía dentro de estas industrias. La creatividad, impulso vital de la expresión artística, comenzó a jugar un rol importante en el desarrollo económico de los países.
Ante esta evolución, para que la cultura sea una fuente efectiva de desarrollo para el país es importante entender que su valor radica en la creación y no solo en su reproducción, así como en la capacidad de incluir actividades más diversas, y no solo las relacionadas a la alta cultura.
De esta forma, la cultura puede ser un detonante de la cohesión social y de la diversificación productiva, donde se potencie a sí misma y no se pierda en el mercado. El (des)amor entre cultura e industria, en consecuencia, no ha escrito su último capítulo. Todavía debe trabajar mucho para arribar a una relación más armoniosa que aporte al desarrollo de nuestra sociedad.
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Referencias
Bell, D., & Oakley, K. (2015). Cultural Policy: key ideas in media and cultural studies. Routledge.
Buitrago, F., & Duque, I. (2013). La economía naranja: una oportunidad infinita. Banco Interamericano de Desarrollo.
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